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Psicologa Social Maria Mondelli - Recopiladora
El infierno de la mujer
Una ley aprobada por el Gobierno afgano permite al hombre la violación de su esposa. El conflicto entre la tradición y los derechos.
Por Claudio Fantini
POLITÓLOGO y analista internacional
"Mil soles espléndidos” conmovió a millones de lectores en todo el mundo. Mariam tenía cinco años cuando su madre la llamó “harami” (bastarda) y sólo diez años más cuando ese padre que no la había reconocido, la sacó de su kolba (choza) en las afueras de Herat, para entregarla en matrimonio a Rashid, un zapatero de Kabul obeso, viejo y desagradable.
A través de la tragedia de Mariam y la desventura de Laila, su inesperada amiga, la novela de Khaled Hosseini muestra los padecimientos de la mujer afgana. En su libro anterior, “Cometas en el Cielo”, relató la supremacía de pashtunes sobre los hazaras. En el extenso territorio que va desde Jalalabad hasta Kandahar, donde la mayoría es pahstún, los miembros de la etnia hazara normalmente son la servidumbre y sufren el menosprecio que marcó la vida de Hassán, uno de los personajes de la novela.
Aunque parezca imposible, la realidad en ese montañoso y árido rincón centroasiático ha sido inmensamente más dramática y trágica que las ficciones del escritor afgano radicado en los Estados Unidos. Y en estos días, la injusticia contra la mujer llegó por el lado de las víctimas de los pashtunes, ya que los hazaras lograron una ley que revierte la igualdad de géneros impuesta desde la invasión occidental, dando al marido incluso el derecho a violar a su esposa.
Nada hubo más lunático, retrógrado y bestial que el régimen talibán, pero antes que la milicia de los turbantes negros redujera a la mujer a máquina reproductora al servicio del hombre, lo que reinaba en Afganistán no era precisamente la igualdad de géneros.
Un viejo y popular chiste afgano retrata la eterna injusticia: un mulá torpe recibe a su hija llorando porque el marido la ha golpeado dejándole un ojo negro. El mulá también la golpea amoratando el otro ojo de la muchacha, y se la devuelve al yerno diciéndole: si vuelves a golpear a mi hija yo golpearé de nuevo a tu esposa.
Pero la realidad no es menos ridícula y violenta que ese retrato humorístico. En rigor, el mejor momento para la mujer afgana fue el que se vivió bajo la invasión soviética. Desde Babrak Karmal, el primer presidente títere del Kremlin, hasta Najibullhá, el médico y agente del KGB que terminó colgado en un semáforo de Kabul, los gobiernos comunistas prohibieron las lapidaciones, además de penar con cárcel a padres, hermanos o maridos que golpearan a las mujeres de la familia.
Hasta que los tanques soviéticos invadieron y sacaron del poder a Hafizulá Amín, el padre, el hermano varón y el marido tenían derecho a golpear a la hija, hermana o esposa, si consideraban que ella había manchado el honor familiar. Y llegando al colmo del absurdo, cuando una mujer era violada, sus familiares varones hundidos en el “deshonor” la mataban a ella, en lugar de tomar venganza atacando al violador.
El orden impuesto desde Moscú igualó los derechos de la mujer a los del hombre, otorgándole libertades que las afganas no habían siquiera imaginado. Esos derechos y libertades empezaron a evaporarse no bien se completó el repliegue de los soviéticos, derrotados por los mujahidines.
En lugar de consolidar la unidad nacional, los comandantes de la resistencia antisoviética empujaron el país a una guerra fratricida por controlar el poder. Y mientras los mujahidines tadjicos de Ahmed Sha Massud, el célebre “León de Panshir”, intentaban con el apoyo del presidente Burjanudín Rabbani sacar de Kabul a los milicianos uzbecos que comandaba Gulbudin Hekmatyar, padres y esposos aprovecharon el caos y la anarquía imperantes para dejar las leyes igualitarias de lado y someter nuevamente a sus mujeres.
En los rincones más inhóspitos del país, infinidad de mujeres no llegaron ni a enterarse que las leyes que trajo el invasor las liberaban del servilismo al que estaban sometidas por costumbres ancestrales. Muchas de ellas se enteraron cuando ya era demasiado tarde, porque el agujero negro que provocó en la gobernabilidad la lucha entre facciones terminó abriendo el camino a la milicia pashtún del emir Mohamed Omar, suegro y a la vez yerno de Osama Bin Laden.
La burka fatal cayó entonces sobre todas las mujeres. Fueron fantasmas celestes que miraban el mundo desde atrás de una rejilla tejida; que no podían trabajar ni estudiar; que no tenían derecho a la atención médica salvo algunas circunstancias en las que, sin ser vistas ni tocadas por el doctor, podían relatarle sus dolencias a través de un barón de su familia.
Hubo muchas víctimas del violento y delirante oscurantismo talibán. Las salas de cine que existían en las ciudades grandes como Kabul, Herat y Mazar e-Sharif, fueron demolidas frente a las hogueras que hicieron arder kilómetros de celuloide. La música quedó abolida y en todos los museos fueron destruidas las reliquias de los tiempos preislámicos. El mismo delirio destructor ejecutó a los imponentes budas de los acantilados del Bamiyán. Pero la principal de las víctimas fue la mujer.
Bajo el régimen con sede en Kandahar, la mujer no podía salir de la casa sin la compañía del marido o algún pariente sanguíneo barón. Y si cometía el delito de adulterio, era enterrada hasta el cuello y muerta a pedradas. Esas piedras no debían ser demasiado chicas, para que no dejen de causar dolor, ni demasiado grandes, para que no la maten o dejen sin sentido rápidamente porque, antes de morir con la cabeza destrozada, debía sufrir el tormento y el dolor de la lapidación.
Fue una de las razones por las que se dejó de jugar al fútbol en Kabul. Además de la obligación de que los futbolistas jugaran con pantalones largos, lo que afeaba el juego, en el entretiempo siempre una Toyota con talibanes descargaba alguna mujer junto a un banderín del corner, para que en un hoyo que ya estaba cavado sea introducida y apedreada hasta morir.
Se suponía que la caída del poder talibán arrasado por la OTAN liberaría para siempre a la mujer del burka, la servidumbre, los golpes y las formas más brutales de ejecución desde la Edad Media. Y así fue hasta que el presidente Hamid Karsai, el hombre más elegante, refinado y culto que los pashtunes hayan tenido en el poder desde el rey Sahir, implantó una antigua ley chiíta.
Esa legislación impone a la mujer la obligación de estar a disposición sexual del marido cada cuatro días. Por tanto, la mujer está obligada a satisfacer sexualmente al esposo cada cuatro días, por lo que el hombre tiene derecho a tomarla por la fuerza si ella se niega. Eso es violación. Además, la mujer debe tener el permiso del esposo para salir de la casa y para estudiar, trabajar o recibir atención médica.
La aberrante legislación regirá para los hazaras, una etnia de rasgos mongoloides que habita el desierto del Bamiyán desde los tiempos del Gengis Khan; pero que están vinculados a la cultura persa porque hablan farsí y son chiítas como los iraníes. De todos modos, los ayatolas de Teherán no promueven la rebuscada interpretación que el chiísmo afgano hace de la relación entre Fátima, la hija de Mahoma, y su esposo Alí bin al-Taleb, primo y yerno del profeta, además de fundador de la rama chiíta del Islam en su guerra contra la dinastía Omeya.
¿Por qué el hombre al que la OTAN depositó en la presidencia, impuso semejante retroceso en el Parlamento y en la Loya Jirga (consejo de ancianos y jefes tribales)? ¿Por qué una mente abierta y culta como al de Hamid Karsai, aceptó volver a someter a la mujer chiíta en el país donde la mujer ha sido la principal víctima de la ignorancia y el oscurantismo religioso?
Porque así se lo exigieron los jeques hazaras del Bamiyán, a cambio de los votos de esa comunidad chiíta en la próxima elección presidencial. Y Karzai será muy elegante y refinado, pero encabeza un gobierno inoperante y corrupto, además de pagar con su chequera política la fallida estrategia que la OTAN recién ahora está reformulando en su lucha contra los resabios del talibán.
La nueva estrategia político-militar de Obama es más lógica y puede provocar otra derrota a los talibanes. Pero Occidente no debería sacrificar a la mujer afgana en el altar de sus objetivos estratégicos. Sobre todo Angela Merkel y Hillary Clinton deberían abanderarse en la lucha para que nunca más una afgana sufra lo que sufrió Mariam, esa “harami” que conmovió a lectores de todo el mundo desde las páginas de “Mil soles espléndidos”.
Fuente : Editorial Perfil


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